ClásicosJamiroquai en Tokio, 1995: el groove no necesitaba pantallas
Una actuación de Jamiroquai en Tokio en 1995 recupera el carisma de Jay Kay y el pulso de una banda que hacía del groove su mejor argumento.
Tokio, 1995. Jamiroquai sobre el escenario y un público sin móviles levantados delante de la cara. La estampa tiene su punto de nostalgia, claro, pero quedarse en eso sería perderse lo importante: una banda haciendo que el ritmo mandase, con Jay Kay al frente y cada instrumento encontrando su sitio.
La actuación recuperada nos devuelve a ese Jamiroquai de los noventa que estaba llevando el acid jazz a un público cada vez más amplio. Había personalidad, ganas de bailar y un cantante cuya manera de moverse formaba parte del espectáculo. Pero el asunto no terminaba en su carisma. Detrás había músicos capaces de sostener ese pulso sin que todo tuviera que girar alrededor de la voz.
Ahí está buena parte de la gracia: el frontman llama la atención; la banda te mantiene dentro.
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Un groove que también habla el idioma de la pista
Para quien llega desde el house o desde la cultura de club, Jamiroquai no queda precisamente lejos. El parentesco está en el peso del bajo, en la repetición que engancha y en esa forma de colocar los acentos que hace que el cuerpo responda antes de que te pongas a analizar nada. No hace falta un drop para que una música tenga vocación de pista.

El acid jazz, con sus conexiones con el funk y el soul, permite justo ese cruce: canciones que puedes seguir por la voz, pero también por lo que ocurre debajo. Una línea instrumental puede llevar tanto peso como un estribillo. Y en directo esa relación tiene un atractivo especial, porque el ritmo depende de cómo se escuchan y se responden los músicos.
Por eso esta mirada a Tokio funciona mejor como recordatorio musical que como competición entre generaciones. Lo interesante no es decidir si antes se disfrutaba más de un concierto. Es volver a prestar atención a una banda, en lugar de reducir la actuación a la figura que ocupa el centro del escenario.
Lo de las pantallas merece su propio matiz: en 1995 no existía la posibilidad de grabarlo todo con el teléfono que llevabas en el bolsillo. Convertir aquella imagen en una superioridad moral del público sería hacer un poco de trampa.
Aun así, apetece quedarse con ese gesto de mirar al escenario y dejar que el concierto ocurra. Con Jamiroquai, bastante trabajo tiene ya uno intentando que los pies se estén quietos.
Fuente: @technoandhouseislovee en Instagram
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